lunes, septiembre 20, 2010

Abrazado a una mujer de nadie.
De nadie.
Te dedicas a pensar acerca de la ambigüedad de todo.
Del todo.
Siempre mirando hacia adelante.
Y gritas, resoplas, te tuerces, quedas inmóvil. Por dentro, claro.
Y nada.
Te pierdes en ti mismo con aquella mirada, entre tanta gente, entre tanto ruido.
Y nada.
No esperas nada ni a nadie.
Y su brazo.
Pasando sin preguntar por detrás el tuyo, abrazando ya con más fuerza y disposición.
Mujer de nadie. Mujer lúcida.
Y tú tan lejos.
La miras de repente y por un momento, y piensas lo que has hecho, el qué haces, qué piensas.
Y nada.
En un segundo te suelta.
Sientes cómo va deslizándose casi maliciosamente su liviano brazo por entre el tuyo.
Y exasperas. Te confundes. Extrañas.
Quieres devuelta el tacto.
Terminas con aquel desasosiego al sentir sus cálidos dedos en tu puta carne.
La miras de nuevo.
Simple mujer de nadie. Translúcida. Patética.