domingo, junio 06, 2010

Le tocaron la puerta otra vez.
Ella preguntó y nadie respondió, así que la abrió.
La señora se le habría tirado encima si no fuese por aquella puerta de porcelana.
Ella gritó esperando a que alguien oyese y saliera de su ultrajado espacio.

El piso era el quince. El 15-B.
Cuatro apartamentos por piso. Hasta el piso diecisiete.
Cuatro familias distintas. Todas iguales.

Para cuando la señora la hubiese matado, la sangre habría recorrido cada uno de los pisos de aquellas retraídas familias.
Parecían conejos expuestos a un faro de luz. Siempre inmóviles, con los ojitos abiertos y sin palabra en boca.

No importa.

Paró de gritar, -ya haciendo la previa reflexión-, y susurró: No.
Cerró la puerta con el encaje exacto. La puerta, la que sólo cerraba en su casa. La que encajaba perfecto.
La señora comenzó a aullar como loca. Polifacética de mierda.

Ella regresó a la cocina a aliñar el pollo, que la veía con asco y le gritaba que era una cobarde.
Ella reía mientras vomitaba en el piso. Un vómito digno en donde ahogar al pollo.
Machacó agresivamente su parte inferior, hasta que la carne lloró.
Prendió la cocina.

Eran las 3 menos cinco.
Se sentó a leer el periódico que el gato había pintado. No podía leer sino algunas líneas algo inconclusas.
Así que se fue a vestir.

Estaba sudando piedra.
Ella no tenía cabello pero tenía senos. Y le sudaban piedra.
No se quiso bañar porque estaba pegostosa. Así que se vistió.

Buscó su vestido más bonito. Ése negro con el que la vieron bailando alguna vez.
Se lo probó mirándose en el espejo roto. La grieta no la dejaba verse completa, cosa que le gustaba aún más.

Caminó hasta la cocina. El pollo estaba recostado del sartén intentando apagar la hornilla.
Le hizo caso omiso y recogió el periódico del piso.
Cuando lo abrió, observó cómo el gato lo había vuelto a pintar.
Esta vez era arte. Totalmente impresionante.
Los colores se desbordaban y se fusionaban con la tinta deleble negra, y los dibujos todavía se esparcían por la pulpa de madera.

Ella dobló, rasgó y desdobló el papel hasta hacer unos pequeños zapatos.
Cogió al pollo por el pescuezo a medio cocinar y lo impulsó por el bajante.
Se sentó y se probó sus nuevos zapatos psicodélicos.
Anonadada y excitada, rompió la tubería principal, esa que daba al techo.
Dejó que el agua corriera y llenara el apartamento.

Ella empezó a navegar. Sus zapatos pigmentaron el agua y le dieron un sabor muy particular.
El gato estaba gélido y boca arriba.
Ella lo levantó y lo hizo navegar por el piso un rato.

Tocaron la puerta.

Sintió un chillido ensordecedor y vio que del cuarto de baño salía la letra A.
Tocaron de nuevo la puerta.
Ella no sabía si atender a la A o abrir la puerta.
Así que se devolvió a buscar una mesa en donde sentar a la letra.

"Mis más sinceras disculpas... Ni mi gato ni yo solemos conservar visitas" dijo mientras se arreglaba la grasa de la frente.
Tocaron por tercera vez la puerta, y ésta de un modo totalmente grosero e impaciente.
Se escuchó un estallido y un golpe peculiar.
La letra A, asustada, chilló más fuerte.
El gato gélido, que se encontraba de nuevo boca arriba, remó lentamente hacia ésta.
La miró pícaramente y en menos de un segundo la degustó.

Ella aplaudiendo navegó hasta la entrada. Sus ojos ya estaban rojos de tanto sudar.
Quitándose uno para disimular, abrió la puerta, y se encontró con la señora, quien esta vez trajo a un señor consigo.
Ella pensó que sería descortés de su parte el no invitarle una taza de café.
Pero de nuevo, miró a la señora con rabia y, olvidando el ojo en la mano, les lanzó la liviana puerta en la cara.

La señora se había ido con su señor. No buscaron más problemas.
Ella sintió una pasta coagulante en la mano. No quiso mirar.
De la amargura había aplastado su ardiente ojo.
Remojó y exprimió sus manos en una franja naranja, que se convirtió casi inmediatamente en roja, dejando allí su esclerótica.

Tapando la cuenca vacía con pelos del gato, se quitó los zapatos.
Ella se estaba mojando el vestido y cada vez le pesaba más aunque escurriera el agua.
Buscó un trapo y secó lo que pudo de aquel piso frío y lleno.
El gato seguía gélido y silbaba boca arriba, bajo un charco por secar, sólo maullando cuando movía su cola.

En lo que Ella termina de secar, sale vigorosamente por la cocina hacia la entrada del apartamento.
Abre la puerta, la de hendidura medida, y la examina.
Estaba rota, por supuesto. Al abrirla habría terminado de pulverizar la porcelana del todo.
Ella acarició el polvo y sollozó.
Pensó otra vez en los conejos y las luces, en cómo odiaba las malditas miradas de los repulsivos vecinos.

Cogió al gato, que seguía silbando y maullando, y lo estrelló.
Ella no tuvo más remedio que salir mientras dejaba al polvo y al gato llorando al unísono.
Corrió por el pasillo descalza haciendo el menor ruido posible.

La señora se había despertado. Ella lo sabía. Los vecinos lo sabían.
Presionó el botón de las escaleras, que la llevarían hasta el piso más bajo, subterráneo.
Un curioso vecino ya se había asomado por la mirilla, desde su refugio, sin decir palabra alguna. Sin tener el atrevimiento de ayudar.
A Ella parecía no importarle el asunto. No quería que nadie viera cómo la eliminaban pero ya no le importaba. Ya no pensaba en sangre ni en ellos.

Las escaleras llegaron, dejándola entrar por fin.
Ella se abrió paso entre la oscuridad mientras se dirigía al piso más bajo.
La señora sin señor ya, bajaba desesperada a acribillarla. Quería que sudara más, que se convirtiera en puro flujo.

Al llegar, Ella se encontró en un terreno vacío y solo.
Con muchas tuberías y un agujero.

La señora llegó por detrás casi tan deprisa como Ella. Sorprendiéndola.
La observó durante unos segundos con conmiseración, sin tanto desprecio.
Ella permaneció inmóvil por primera vez. Justo como un conejo expuesto a un faro de luz.

Aparecieron de pronto todos los vecinos, casi en orden. Preparados para algo o esperando algo.
La señora alzó por la nuca a Ella mientras ésta hacía intentos en vano por escapar.
Con una risa desaforada, la tiró por el agujero.
Los vecinos aplaudieron y la señora se retiró.

Ella caía todavía. Se sentía abandonada. Se sentía vacía.

Al llegar al fondo, se encontró con el pollo que había rostizado en horas pasadas.
No le quiso hablar. Sintió vergüenza.

Por primera vez se sintió limpia.
El fondo del agujero era parecido a un río, uno negro.
Asqueada y un tanto emocionada, olvidó al pollo que yacía sentado en su muñón; y recordó que en los bolsillos de su vestido ya sucio y mojado había escondido los zapatos arrugados y coloridos.
Se los probó por segunda vez. Esta vez los veía más hermosos, los sentía más a gusto.
Ya flotando entre esas aguas negras, comenzando a pigmentar, decidió navegar.
Navegar hasta donde no cupiese más. Hasta donde el disperso color llegara.